»Decidlo, Musas, y al horrendo caso
levantad, si podéis, el grito mío;
despedazad en doloroso canto
el ronco pecho, y conceded al labio
voz que convenga al triste pensamiento.
Cantad, aquí, cantad, entre estas ruinas,
como en sima funesta horrible y propia,
de mi eterno dolor la causa fiera.
[…]
Levanta al cielo, que nubloso aún niega
sus luces bellas, los turbados ojos;
y en su atención la débil fantasía,
objetos figurando, donde goza
más verdadera luz el invisible
espíritu dichoso, le descubre
la imagen de su Fili; ya los miembros
en invencible rigidez padecen
mortífera quietud; el yerto labio
ya el nombre amado apenas articula.
Fija la vista, y más el puro afecto,
en la celeste imagen, letal frío
los últimos espíritus extingue,
y en alta nieve yace.
Torrepalma.