1. Las ruinas

    »Decidlo, Musas, y al horrendo caso

    levantad, si podéis, el grito mío;

    despedazad en doloroso canto

    el ronco pecho, y conceded al labio

    voz que convenga al triste pensamiento.

    Cantad, aquí, cantad, entre estas ruinas,

    como en sima funesta horrible y propia,

    de mi eterno dolor la causa fiera.

    […]

    Levanta al cielo, que nubloso aún niega

    sus luces bellas, los turbados ojos;

    y en su atención la débil fantasía,

    objetos figurando, donde goza

    más verdadera luz el invisible

    espíritu dichoso, le descubre

    la imagen de su Fili; ya los miembros

    en invencible rigidez padecen

    mortífera quietud; el yerto labio

    ya el nombre amado apenas articula.

    Fija la vista, y más el puro afecto,

    en la celeste imagen, letal frío

    los últimos espíritus extingue,

    y en alta nieve yace.

    Torrepalma.

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